sábado, 2 de agosto de 2014

Nacionalismo e identidad: la irrupción tardía del arte popular veracruzano

(Publicado en Vereda. Andar en la Cultura. Revista cuatrimestral del Instituto Veracruzano de la Cultura. No. 1. enero-abril de 2014. pp. 31-40).

Nacionalismo e identidad: la irrupción tardía del arte popular veracruzano.
Por Óscar Hernández Beltrán.

Podría afirmarse que los nacionalismos son una conjura. Surgen de la necesidad de cohesionar un territorio, una población y un patrimonio en torno a una empresa política impulsada, como todas, por el afán de controlar los procesos productivos y las voluntades que de ellos emanan. Si capitalista –como quería Braudel- es aquel que interviene en la cadena productiva con ánimo de lucro, nacionalista es quien emerge en la vida social y emocional de los pueblos con la firme decisión  de conseguir consensos y adhesiones  en torno a vagos proyectos de enlace social entre los ciudadanos de un país y, sobre todo, ante los ciudadanos de los demás países.
            Por definición, los nacionalismos establecen sistemas de inclusión y exclusión de los que emanan valores, verdades y destinos supuestamente nítidos e inalterables. Para sedimentar sus afanes los impulsores de los nacionalismos –propietarios locales, políticos, comerciantes, etc.- suelen echar mano de un ente inasible: el pueblo, al que se confieren grandes bondades, un genio especial y una sorprendente aptitud para identificar y seguir a los líderes nacionalistas.
            En nuestro país, luego de una primera etapa en la que el culto a la guadalupana, el pasado prehispánico y la mansedumbre indígena sirvieron a los criollos españoles como sedimento discursivo de su rebelión inicial ante el poder imperial  español, el nacionalismo mexicano independiente adoptó todas las convenciones de los nacionalismos hispanoamericanos del siglo XIX, empeñados en legitimar sus gobiernos ante los países europeos y los Estados Unidos.
            El nacionalismo mexicano del periodo liberal, inspirador al principio, devino en parodia: después de combatir denodadamente al ejército francés, poniendo por delante las virtudes del chinaco y la china poblana, el General Porfirio Díaz, ya gobernante, se dedicó con entusiasmo a  cumplir estrictamente los dictados de la cultura francesa, lo mismo en arquitectura, que en ciencia jurídica o en gastronomía. Tal actitud convirtió a la inmensa masa empobrecida, no en pueblo, sino en “plebe”, en “escoria” en clase baja, a la que resultaba inútil tratar de redimir.
            Ricardo Pérez Mónfort ha explicado con claridad como el movimiento revolucionario: “replanteó el papel que “el pueblo” desempeñaría en los proyectos de nación surgidos durante la contienda y en los años subsiguientes (…) El “pueblo” se concibió entonces como el territorio de “los humildes”, de “los pobres”, de las mayorías, mucho más ligadas a los espacios rurales que a los urbanos, mucho más capaces de crear que destruir”[1].
          Al concluir la lucha armada, los gobiernos emanados de la revolución se toparon con la necesidad de articular un Estado-Nación con una identidad definida, que incluyera en su devenir la redención de los desposeídos, en cuyo nombre se habían levantado las armas. Para conseguirlo, se conformó un proyecto nacional que incluía, en palabras de Betzabé Arreola Martínez “a la mayoría de la nación, es decir, a la población rural, como mecanismo de cohesión,  de la nueva política social posrevolucionaria”. En dicho proyecto, José Vasconcelos “jugaría un papel fundamental al otorgarle una dimensión filosófica, histórica y antropológica al problema de la heterogeneidad étnica, mediante la incorporación de los pueblos indígenas a la vida civilizada haciéndolos mestizos"[2]. El movimiento intelectual y artístico generado por el ideario vasconcelista involucró a los más destacados creadores y a los más eminentes pensadores del periodo posrevolucionario. Músicos, poetas, pintores, filósofos y científicos se dieron a la tarea configurar el nuevo rostro de la mexicanidad a partir de las “raíces ancestrales de la nacionalidad” que, se consideraba, habían sido celosamente preservadas por el pueblo.
          La construcción de la imagen nacional cohesionadora incluyó la revaloración del arte popular. Como explica Victoria Novelo “se difundió otra consideración del arte popular y los objetos de larga tradición en varias regiones de México y que por cientos de años habían estado produciendo los artesanos y los artistas para usarlos en la vida diaria y en las fiestas y rituales, fueron revalorados”[3]. Así, “Productos de alfarería, textiles, muebles, zapatos y huaraches, petates y cestos; joyería, juguetes, lacas, productos de la charrería, además de muestras de música, literatura, pintura y teatro, comenzaron a ser reconsiderados. En otras palabras, la revolución redescubrió varias de las expresiones culturales de la población india de México[4]
          En 1921 el proyecto de Vasconcelos se transformó en política oficial del estado mexicano. La Cámara de Diputados discutió en febrero de ese año el proyecto de creación de la Secretaría de Educación Pública y en octubre el pensador oaxaqueño tomó posesión como titular de dicha dependencia. En ese mismo año, el General Álvaro Obregón encomendó a Gerardo Murillo, El Dr. Atl, preparar un programa cultural con el objeto de celebrar la consumación de la independencia nacional. El programa incluyó la exposición de una colección de arte popular. La colección fue recolectada por Adolfo Best Maugard, Jorge Enciso, Roberto Montenegro, Javier Guerrero y el propio Gerardo Murillo. Algunos autores agregan a esta lista el nombre de Diego Rivera.[5] El amplio catálogo de la exposición, Las Artes Populares en México, del Dr. Atl, se convertiría al paso de los años en el texto canónico sobre las artesanías mexicanas.
          Para efectos de este breve estudio, conviene destacar el hecho de que el arte popular de Veracruz apenas si resulta aludido en la obra en referencia[6].  Ello es así porque la visión  del arte popular mexicano que poseían los  “intelectuales comprometidos con los cambios sociales de la etapa revolucionaria”, no comprendía al arte popular de  todos los rumbos de México. Que dicha percepción fuera limitada es algo que resulta totalmente comprensible, si se consideran la dispersión y el aislamiento en el que vivían los pueblos indígenas mexicanos hacia la segunda década del siglo XX y el carácter definitivamente centralista de la vida pública nacional.
          A decir verdad, tampoco los veracruzanos tenían, en ese entonces, una visión clara de la producción artesanal de la entidad. Y es que el estado, que nació como una intendencia, también era profundamente centralista. Joaquín Roberto González Martínez lo ha explicado de la siguiente manera:
"Las regiones veracruzanas han estado supeditadas e integradas, cada una de forma particular, a las regiones de la Altiplanicie mexicana, cuyos valles se han impuesto, incluso desde los tiempos prehispánicos, a las regiones del Golfo de México desde la Huasteca hacia el sur. Después del siglo XVI, los caminos principales de la meseta al Golfo confluían en Veracruz, puerto de entrada y de salida clave en el desarrollo del México actual. Este predominio de los altos valles ha propiciado también que las regiones veracruzanas hayan estado poco comunicadas entre sí. De norte a sur (las Huastecas, Totonacapan, Misantla- Martínez de la Torre, Veracruz central, Sotavento, Macizo de Los Tuxtlas y el Istmo veracruzano), se han conectado de manera más directa con la capital federal, sin tener que pasar con Xalapa, capital del estado. Así pues, el estado Veracruz presenta una invertebración socioespacial que, hasta hace muy pocas décadas comienza a superarse.  Las nuevas carreteras que lo atraviesan en los ejes norte-sur propician una mayor integración hacia la frontera norte, por efecto, entre otros factores del TLCAN; pero las distancias y las tradiciones locales y regionales  acentúan la citada diversidad de pueblos de estas regiones de la vertiente del Golfo de México."[7]
           
La “invertebración socioespacial” que padeció Veracruz durante décadas tuvo, desde luego, consecuencias relevantes sobre la construcción del imaginario social de la entidad. Tales efectos pueden advertirse también en el campo de las artes populares. Resulta que la Región que González Martínez denomina Veracruz Central, fundamental para la conformación de lo que el resto de la nación identifica como “veracruzano”, ya que comprende las ciudades de Veracruz, Xalapa, Córdoba y Orizaba era, por razones de orden socioeconómico, poco proclive a la elaboración de artesanías. Carmen Blázquez Domínguez afirma que “"Durante todo el periodo colonial el desarrollo de las artesanías y de la industria fue sumamente lento. (…) la falta de población y el débil crecimiento urbano imposibilitaron la formación de una demanda que impulsara al producción de artículos semielaborados"[8] por ello “solamente puede hablarse de escasas y reducidas artesanías como tenerías, sombrererías, alfarería, loza y fabricación de tejas y ladrillos en poblaciones como Veracruz, Jamapa, Tejería, Tlacotalpan, Alvarado, Xalapa y Orizaba”[9].
            Lo anterior podría explicar la ausencia de productos artesanales veracruzanos en la exposición de 1921. La región veracruzana a la que el Dr. Atl había tenido acceso (recuérdense sus viajes a Europa de 1897 y 1911, así como su estancia en Orizaba de 1915) es decir, el valle que desciende de las Cumbres de Maltrata y Acultzingo y desemboca en el Puerto de Veracruz, no era precisamente pródiga en la elaboración de artesanías. No en balde una de las escasas menciones a Veracruz que aparece en Las Artes Populares en México se limita a consignar que los comerciantes  de  Tlaxcala venden sus prendas multicolores “a los viajeros de los trenes que van de México a Puebla y de México a Veracruz”[10]. Veracruz era, en la mente de la clase ilustrada de principios de siglo, el corredor que permitía el acceso al Océano Atlántico y, por ello, la puerta de entrada y salida a  Europa.
La visión del Estado como la angosta franja que abarca de la Huasteca al Istmo parece no haber estado tampoco en la imaginación de la clase ilustrada veracruzana de la primera mitad del Siglo XX. Hechos históricos tan relevantes como las luchas encabezadas por Serafín Olarte en Papantla en la época de la Independencia  o por Hilario C. Salas en Acayucan en los albores del movimiento revolucionario, ocuparon durante mucho tiempo un lugar discreto en los relatos históricos de la entidad emprendidas por los autores locales. La Colonia, la Independencia y la Revolución parecían haber transcurrido únicamente en las ciudades del Centro del Estado arriba mencionadas. Si los acontecimientos históricos no eran considerados, menos lo eran la producción simbólica de aquellas regiones que son, precisamente las más pródigas en lo que al arte popular se refiere.
Las visiones centralistas de la cultura veracruzana, tanto la de dentro y como la de fuera, fueron mermando conforme el nacionalismo oficialista de los regímenes emanados de la Revolución se expandía y consolidaba. De acuerdo con Carlos Monsiváis:
“Durante los regímenes de Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho y Miguel Alemán, el proyecto educativo oficial, establecido y comandado en un principio por José Vasconcelos, después por figuras como Manuel Puig Casauranc, Moisés Sáenz, Ezequiel Padilla, Narciso Bassols, Gonzalo Vázquez Vela, Jaime Torres Bodet y Manuel Gual Vidal, promovió los nacionalismos culturales y las llamadas mexicanerías, formando parte recurrente en los programas educativos posrevolucionarios hasta muy avanzados los años cincuenta”[11]

Paradójicamente, entonces, la centralización de los gobiernos revolucionarios impulsó la descentralización interna en Veracruz.  En 1946, el entonces Gobernador del Estado, Adolfo Ruiz Cortines, expresó su interés por los pueblos indígenas “…quienes por atraso económico e intelectual llevan una existencia asilada y difícil que pugnamos por mejorar”[12]. Consecuente con sus dichos, “fomentó el estudio de las culturas en Veracruz”[13] lo que consideró “como un deber social, humano y justo”[14]
            Una de las acciones más relevantes de las emprendidas por el Gobierno de Veracruz de aquellos años  fue convertir la Sección de Asuntos Indígenas en Departamento de Antropología, con lo que se consiguió animar la discusión académica en torno a las comunidades indígenas del Estado. El Departamento aglutinó a destacadas personalidades de los campos de la arqueología y la antropología social, quienes sistematizaron los conocimientos hasta entonces obtenidos e iniciaron un amplio espectro de investigaciones en las disciplinas referidas, fundando, de esa manera, la etapa moderna de los estudios antropológicos en Veracruz.
            Años más tarde, en 1957, el Departamento de Antropología se convertiría en la Facultad de Antropología de la Universidad Veracruzana. La primera plantilla de maestros incluía   nombres  ahora sumamente prestigiosos como Gonzalo Aguirre Beltrán, José Luis Melgarejo Vivanco, Santiago Genovés, Roberto Williams García y José García Payón.  Las exploraciones arqueológicas de gran trascendencia llevadas a cabo en aquellos años, así como las investigaciones efectuadas en el campo de la antropología social, provocaron una ola de entusiasmo intelectual que acercaba más  los estudios realizados al mundo de los descubrimientos que al de los simples reportes de trabajo de campo. Puede afirmarse que fue en esa época cuando, por fin, la percepción que tuvo de la inteligencia veracruzana de su propia entidad tuvo un carácter abarcador, totalizante. Existían, desde luego, importantes estudios antecedentes, pero la mayoría  de ellos no habían sido efectuados desde la academia veracruzana.
            En 1958, en el número siete de La palabra y el hombre, Alfonso Medellín Zenil anunciaba que “"considerando que toda obra de investigación debe difundirse para un aprovechamiento socialmente útil, el actual Gobierno del Estado de Veracruz y la Universidad Veracruzana, están construyendo el Museo de Antropología, en un espacio de 40, 000 m2, donde se mostrará cuál ha sido el desarrollo del hombre y la cultura veracruzana, desde su más remoto pasado hasta el presente"[15]. Más adelante precisaba que el Museo "Tendrá secciones para exponer material arqueológico, etnográfico, histórico, arte popular, arte moderno y una sección especial donde se construirán al tamaño natural y más exacto, los distintos tipos de habitación rural equipados con el mobiliario y utensilios característicos de cada uno de los grupos indígenas  y mestizos que pueblan la entidad".[16]
            El trabajo de campo para recolectar las piezas de arte popular que se exhibirían en el Museo estuvo a cargo tanto de los profesores como de los alumnos de la Escuela, quienes aprovechaban sus salidas al campo para recolectar las piezas de arte popular que se expondrían en el Museo. Se efectuaron fructíferas incursiones tanto al norte como al sur de la entidad. Lo reunido se concentraba en Xalapa. Yolanda López Aguilar explica que los investigadores “Imaginaron una muestra etnográfica de sus contemporáneos  primitivos, pensando con vivo interés, el mobiliario, los habitantes, la indumentaria, el idioma, las costumbres que contextualizaran la casa-habitación de cada región cultural. Calcularon alrededor de trece de estas construcciones, cantidad suficiente  para representar a los pobladores diversos de Veracruz, en su capital"[17] lamentablemente, los recursos económicos disponibles no permitieron la construcción de las trece construcciones previstas pero se llegaron a construir dos viviendas típicas: "Una de la mixtequilla (jarocha) y la otra de los valles de Perote en la región frigo-serrana en Villa Aldama".[18]
El material recolectado constituyó la primera colección amplia de arte popular veracruzano reunida de manera consciente y sistemática, con metodología científica y para fines de investigación, en el Estado de Veracruz. Por fortuna, el material reunido fue conservado casi en su totalidad en las instalaciones del ahora Instituto de Antropología de la Universidad Veracruzana. Su existencia otorgó por fin visibilidad institucional a las artesanías veracruzanas, especialmente a las elaboradas por los indígenas que habitan las Sierras de la entidad. Por primera vez, y todavía con el impulso del nacionalismo posrevolucionario, convertido ahora en instituciones académicas o de impulso social, tales como el Instituto Nacional de Antropología e Historia o el Instituto Nacional  Indigenista, el arte popular de Veracruz pudo ser estudiado en toda su variedad y riqueza.
A diferencia de las artesanías del altiplano central del país que fueron identificadas como parte inalienable de la identidad nacional, y, desde luego, de la de sus respectivos estados, el arte popular de Veracruz no parece haberse integrado a  una imposible identidad común veracruzana. Ni las bordadoras de blusas de Chicontepec, ni los maestros alfareros de Aguasuelos, ni los productores de cestería de Zapupe de Tantoyuca, por mencionar tan sólo algunos de los más destacados productores de artesanías de Veracruz, pasaron a formar parte relevante de la imaginación social de los habitantes de la entidad. Probablemente ello sea resultado de la incorporación tardía del arte popular de Veracruz al discurso del nacionalismo mexicano.
Constituyente o no de la identidad nacional o veracruzana, el arte popular de Veracruz mantiene hasta la fecha la fuerza de su diversidad y su belleza. Las mujeres y los hombres que lo producen siguen esperando el día en que su esforzada labor sea cabalmente apreciada, más allá de las exposiciones y los estudios. Mientras tanto, su situación sigue siendo la misma que advirtiera el Dr. Atl en 1922: "son extremadamente pobres", tienen una "maravillosa resistencia a la fatiga", son de una "extraordinaria sobriedad" y poseen un "innato sentimiento artístico característico  del pueblo de México"[19]





[1] Ricardo Pérez Mónfort. El pueblo y la cultura. Del porfiriato a la Revolución. p. 72.
[2] Betzabé Arreola Martínez. "José Vasconcelos, el caudillo cultural de la Nación". Casa del Tiempo. Universidad Autónoma Metropolitana. Noviembre de 2009. p. 4.

[3] "Ofrecen conferencia magistral sobre nacionalismo y arte popular mexicano", Boletín de prensa de CONACULTA. 03 de diciembre de 2010.

[4] Ibíd.
[5] Véase Pilar Maseda. Aspectos de la política nacionalista y el arte popular. Discurso Visual. Revista Digital. CENIDIAP. INBA. Nueva época. Número 2. Octubre-diciembre de 2004.

[6] La palabra Veracruz es mencionada en tres ocasiones. En ninguna de ellas para referirse a una pieza artesanal específica. Cfr.: Gerardo Murillo, Dr. Atl, Las artes populares en México. Publicaciones de la Secretaría de Industria y Comercio. Ed. Cultura. 1922. 2 vol.
[7] Joaquín Roberto González Martínez. “Veracruz. Perfiles regionales, económicos y poblacionales" en Martín Aguilar Sánchez. Juan Ortiz Escamilla. Coordinadores. Historia General de Veracruz. Secretaría de Educación de Veracruz. Universidad Veracruzana. 2011. pp. 21-22.
[8] Carmen Blázquez Domínguez. Veracruz. Una historia compartida. Gobierno de Estado de Veracruz. Instituto Veracruzano de Cultura. Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. 1988. pp. 16-17.
[9] Ibíd. p. 17.
[10] Op. cit. p. 247.
[11] Carlos Monsiváis. “Notas sobre la cultura mexicana del Siglo XX”. Historia General de México. El Colegio de México. 1976. T. IV p. 349.
[12] Adolfo Ruiz Cortines, Informe gubernamental, 16 de septiembre de 1946. Talleres Gráficos del Estado de Veracruz, pp. 87 y 88.
[13] Yolanda Aguilar López. El estreno del oficio de antropólogo en Veracruz. Instituto Nacional de Antropología e Historia. Colección Científica. 1992. p. 22.
[14] Adolfo Ruiz Cortines, Op.cit.
[15] Medellín Zenil Alfonso. "Las ciencias antropológicas en el Estado de Veracruz en relación con los problemas de la cultura nacional". La Palabra y el Hombre,  Universidad Veracruzana. julio-septiembre 1958, no. 7, p. 329.

[16] Ibíd., p. 332.
[17] Op. Cit. p. 97.
[18] Ibídem.
[19] Citado por Victoria Novelo. Op.cit. p. 165.

sábado, 18 de enero de 2014

Notas en torno a Orquesta Jarocha, del Grupo Mono Blanco.

(Leído en la ceremonia de presentación del disco Orquesta Jarocha, celebrada en el Jardín Poniente del Edificio Sede del Instituto Veracruzano de la Cultura, el viernes 17 de enero de 2014).

Notas en torno a Orquesta Jarocha, del Grupo Mono Blanco.

Buenas noches. Quiero agradecer, desde luego, al Grupo Mono Blanco, a Austin Morgan, Margarita Peña, Rodolfo Priego y a todo el equipo técnico del IVEC, su gentil invitación a participar en esta ceremonia de presentación del décimo segundo disco del Grupo Mono Blanco, sin duda, el más influyente entre los que participan en el denominado movimiento jaranero. Esta circunstancia debería bastar para otorgar a la aparición de Orquesta Jarocha, título del álbum que hoy nos reúne, el carácter de acontecimiento musical relevante en el nutrido escenario de la música popular veracruzana. Juzgo, sin embargo, que Orquesta Jarocha posee cualidades que lo convierten en un disco memorable por sí mismo, incluso si para decidirlo se tomara en cuenta únicamente la discografía del propio grupo.
         A continuación, y asumiendo que la paciencia de todos ustedes es tan grande como su gentileza, me permitiré enumerar algunas de las características del disco que, a mi parecer, constituyen las bases fundamentales de su singularidad.
1.- El Proyecto.  Orquesta jarocha no es, evidentemente, una criatura del azar o la improvisación, de las ganas súbitas de hacer un disco. Su cuidada estructura obedece a la intención fundamental de reunir los elementos que constituyen la base musical de los fandangos tradicionales, con la intención de efectuar un recuento de las formas que dichas músicas suelen asumir en las diferentes regiones del estado. Estamos pues ante una summa jarocha, una puesta en juego de las formas del son que, en este disco, establecen un diálogo sumamente creativo. Conviene recordar, creo, que un proyecto de esta naturaleza sólo es viable cuando el grupo que lo emprende cuenta con la solvencia técnico-artística necesaria y un profundo conocimiento de las singularidades de cada una de las muy diversas maneras de hacer el son en el vasto territorio que constituye la república jarocha.
2.- La versada. Orquesta Jarocha contiene fundamentalmente sones tradicionales, a excepción de “El Perro”, compuesto por Gilberto Gutiérrez desde los tiempos de Don Arcadio Hidalgo. En todos ellos se incluyen estrofas conocidas, pertenecientes a la versada tradicional, a las que se agregan otras de nuevo cuño, compuestas también por Gilberto. Se trata de versos abundantes, que pueden referirse hasta a tres asuntos diferentes en un mismo Son. Se habla en ellos de la vida, de los amores afortunados y también, cómo no, de los desafortunados, que para todo eso, ya se sabe, sirve la poesía. Lo importante sería, me parece, que los versos de Orquesta Jarocha cumplen con la tradición al tiempo que la revitalizan. Escribe Gilberto: El negro ha de ser bembón/y de la nalga boleá/y sin esa condición un negro no vale na. Véngase mi negra/ vamos al fandango/ y del tingo al tango/el tacón se alegra/ tráete a los chamacos/y no hay que olvidar/ que lleven zapatos/ para fandanguear. El siquisirí sus golpes ya trina/se oye desde aquí/sonar la tarima/siguiendo el tangueo/como platicando/se van extasiando con el cadereo/sutil erotismo/sintiendo ahí mismo/sólo lo que veo” y en sus versos encontramos los ecos de la costumbre y los acentos que le imprime la mirada de quien la asume de manera consciente y sistemática, lo que delata un afán de permanecer en el mundo a pesar de las convulsiones en las que estamos inmersos.
3.- Los instrumentos. La dotación de Orquesta Jarocha incluye jarana mosquito, jarana segunda, jarana tercerola, jarana segunda tres cuartos, jarana trecera, requinto, guitarra de son, guitarra cuarta, guitara media, guitarrón, pandero, quijada y zapateado. Se trata de una dotación al mismo tiempo regular y extraordinaria. Regular, porque esos son, en efecto, los instrumentos con los que suelen tocar los jarochos. Extraordinaria, porque ningún grupo los toca todos, ya que unos se tocan en Sotavento, otros en los tuxtlas y otros más en el sur profundo. La idea de la orquesta jarocha obedece precisamente al afán de tocar todos en un solo disco, explorando con ello en las posibilidades creativas que su ejecución ofrece. El resultado es, con frecuencia, estupendo. Escúchese, por ejemplo, el espléndido diálogo que se establece entre guitarras y jaranas en “La Lloroncita” o el magistral manejo del zapateado como instrumento percutivo en “El butaquito”. Lo mismo en los sones lentos que en los veloces, la impecable ejecución y la cuidada grabación confieren a cada pieza del disco un alto nivel de calidad.

4.- Gilberto Gutiérrez. Se lee en el cuadernillo que acompaña al disco que Gilberto Gutiérrez construyo, en su modalidad de laudero, todos los instrumentos utilizados en la grabación de este disco; que, además, compuso los versos, fungió como productor ejecutivo y coproductor musical y, finalmente, que cantó, tocó la jarana trecera y las percusiones. Lo interesante  de todo esto es que no estamos, al final de cuentas, ante un disco de Gilberto Gutiérrez, sino ante una obra del grupo Mono Blanco: ¿qué sería de este disco sin la potente voz de Gisela Farías, sin la infinita guitarra de son ejecutada por Don Andrés Vega o sin el requinto de Octavio Vega?. En esta amalgama de inquietudes personales y talentos excepcionales puestos al servicio de un proyecto artístico se puede encontrar, tal vez, la explicación de la permanencia del Grupo Mono Blanco como un referente ineludible del Son Jarocho contemporáneo. Muchas gracias.

domingo, 24 de marzo de 2013

Lhkuyat, de Guillermina Ortega


(Texto de la hoja de sala de la Instalación Lhkuyat, de Guillermina Ortega, inaugurada el 23 de febrero de 2012, en la Capilla del Edificio Sede del Instituto Veracruzano de la Cultura, en Veracruz, Ver.).

Lhkuyat, Instalación de Guillermina Ortega.
Por Óscar Hernández Beltrán

Si alguna, la función del arte es reintegrarnos a nuestra condición humana, al “olvidado asombro de estar vivos” que decía Octavio Paz. La obra de Guillermina Ortega cumple puntualmente este designio. Para conseguirlo, acude a la fuerza primigenia de la cultura indígena, a la energía vital de sus mujeres, a la pasmosa capacidad que éstas poseen de dialogar con la naturaleza.

Guillermina ha descubierto que la rutina anónima y aparentemente intrascendente que llevan a cabo las creadoras indígenas tradicionales al elaborar sus piezas es, en realidad, la puesta en juego de una visión compleja del cosmos, un diálogo con el universo. Se ha dado cuenta, además, de que tal coloquio es consecuencia de un conjunto de certezas heredadas, conforme a las cuales sólo es posible obtener el don de transformar adecuadamente  la materia si se mantiene una actitud de profundo respeto, de franca veneración ante los elementos;  de que únicamente  este talante posibilita la adecuada metamorfosis del universo. Ha advertido, en suma, el carácter esencialmente ritual de la creación indígena.

Tales hallazgos le han impuesto la necesidad de devolver su sentido original a la representación  simbólica de la naturaleza, con el ánimo de develar, para ella misma y para todos nosotros, el impulso primero de las cosas que nos rodean. Dicha empresa la compromete a solventar dos tareas fundamentales: la armonización de elementos aparentemente dispares y la integración de un nuevo orden que resulte, a la vez, atingente y revelador.

En la primera de estas faenas podemos encontrar el sentido fundacional de la labor artística, el viejo e inevitable  oficio de elaborar metáforas para revelar el mundo: vasijas que son vulvas, flores que son raíces; en la segunda, el adocenamiento preciso de los ingredientes vitales mediante el establecimiento de un orden específico; la implantación de un espacio en el que tales imágenes encarnan y se sacralizan: la instalación que guía al visitante al encuentro con las verdades elementales que constituyen, a un tiempo, nuestro origen y nuestro destino. La creación de una atmósfera que se convierte en nuestro devenir.

Como sabemos, las revelaciones fundamentales han sido y serán la materia básica de la producción artística. No obstante, siempre resulta perturbador advertir la eterna historia del principio. Traer a cuento, por ejemplo, estos versos del poema Soles, de Dolores Castro, escritos en 1977, que definieron desde entonces, de manera diáfana, el sentido de la obra que hoy presenta Guillermina Ortega:

Es tierra, vida, madre:
son los vientres
en donde asoma el rostro de la muerte
y pasa
como ceniza leve
que flota en el agua.
Ceniza que remueve el viento,
que corona al fuego,
que calienta
en el manto de la tierra.

lunes, 18 de marzo de 2013

La fiesta de la Candelaria y los jaraneros (Segunda parte)



La fiesta de la Candelaria y los jaraneros (Segunda parte)
por Óscar Hernández Beltrán.



Para muchos de los protagonistas del Movimiento Jaranero el Encuentro de Tlacotalpan es un acontecimiento fundamental. Lo conciben como una ventana abierta, simultáneamente, a la tradición y a  la creatividad; como un acontecimiento enriquecedor, en el que se tributa homenaje a los viejos soneros, al tiempo que se renueva la tradición. En 1991 escribió Gilberto Gutiérrez: “En 1979 se instituyó el Encuentro de Jaraneros en Tlacotalpan, Ver. La asistencia a esta fiesta se hace por devoción. Cada año concurren menos músicos viejos (muchos ya murieron) y más músicos jóvenes. Este Encuentro se ha vuelto el máximo escaparate del son. Allí se asiste a mostrar los avances individuales y de grupo, y a ejecutar esos sones ya desconocidos, arrancados  a la memoria octogenaria de algún jaranero”[1].  Esta opinión variaría pocos años más adelante cuando, convencidos de que el modelo de Encuentro se había agotado, Mono Blanco, el grupo que lidera Gilberto Gutiérrez, y otros grupos más, decidieron seguir acudiendo cada año a la Fiestas de la Candelaria, pero no a participar en el Foro del Encuentro, sino a efectuar fandangos tradicionales en un espacio alternativo. En 2006, Antonio García de León expresaba también su preocupación al respecto: “…han pasado los años, y lo que en un principio estaba orientado para reanimar la tradición fandanguera, propiciando el regocijo colectivo, se ha convertido, anquilosándose, en un espectáculo pasivo, dejando de lado lo fundamental. Incluso, como efecto terminal de todo esto, asistimos a la implantación de nuevas modas que sofocan la dinámica del fandango: como la presencia aplastante, en los “encuentros  de jaraneros” de decenas de versadores de décimas recitadas, que sin cantar, tocar ni bailar, utilizan al son como música de fondo y lo someten a una nueva artificialidad. Los mismos encuentros, que en un principio fueron inducidos en función de preservar la tradición se han tornado un espectáculo de oyentes pasivos, terminado por asfixiar lo que había que haber cuidado con más empeño, que era el fandango, una fiesta colectiva en donde tenía cabida todo el pueblo: para cantar, bailar y escuchar a los mejores músicos de la región.[2] 

Por su parte, Leonardo Amador anota: “Personalmente estoy convencido que el encuentro de jaraneros de Tlacotalpan ha sido un generador de grupos y de escuelas, un encuentro de tendencias de interpretación e ideológicas, un aparador del son tradicional y puro, pero también de aquel que busca sonoridades frescas”[3].


Desde luego, los fandangos realizados durante la Fiesta de la Candelaria no son una aportación del Movimiento Jaranero. Fandangos en días de feria se han hecho desde hace muchos años en Tlacotalpan. Una placa de bronce colocada en el pórtico de la Casa de la Cultura  sugiere que el Son Jarocho nació en la llamada Perla del Papaloapan y esa parece ser la creencia de mucha gente. Los estudiosos del Son no parecen compartir esa idea. En un artículo sobre la historia del Son, Alfredo Delgado Calderón, luego de aclarar que los primeros registro sobre el fandango datan de 1766, asienta: “Curiosamente, debieron pasar varios años más para que tuviéramos una noticia sobre el son jarocho en Tlacotalpan, de donde algunos creen que es originario, y donde no aparece ligado únicamente a los negros, como en Acayucan, sino también a los indígenas[4]”. No obstante, los testimonios sobre los fandangos durante la Candelaria en épocas pasadas son abundantes. En testimonio dado a Ricardo Pérez Mónfort, Doña Josefina Candal, bailadora, explica que: “Eran tres fandangos: uno lo ponían en la bahía, otro lo ponían en el parque y en el mercado había como dos. Eran como cuatro fandangos los que hacían. Pero se llegó el momento en que ya no había ni uno. Hasta que ya ahora cuando se formó la Casa de la Cultura, en el ’74, empezamos[5]


Desde su establecimiento, el Encuentro ha concitado la participación de grupos y personas de diversas adscripciones y variados rumbos geográficos, tanto del país como del extranjero.  Por esta y por otras buenas razones, todo parece indicar que el balance efectuado por los personeros del Movimiento con respecto al Encuentro de Jaraneros en Tlacotalpan resulta positivo. Rafael Figueroa Hernández apunta que: “Gracias al encuentro, y a los muchos encuentros que afortunadamente han aparecido motivados por el de Tlacotalpan, nos pudimos dar cuenta de las diferencias y afinidades entre las diferentes regiones del son jarocho tanto en Veracruz como en la ciudad de México. Escuchamos como un mismo son puede sonar de maneras distintas, si es interpretado desde Tlacotalpan o Alvarado, que si viene de la región de los Tuxtlas, o de las zonas con mayor influencia indígena como Xoteapan, Acayucan o Jáltipan[6]”.


Pero no todo es miel sobre hojuelas. Constantemente se expresan críticas de los participantes con respecto al trato que se les brinda durante el Encuentro por parte de las instituciones de gobierno encargadas de otorgarles las atenciones básicas de hospedaje y alimentación. Ante la escasez de habitaciones de hotel, los organizadores recurren a las familias de Tlacotalpan quienes ven en la necesidad imperante una oportunidad de negocios. No todas las experiencias de cohabitación entre las familias y los jaraneros  parecen ser afortunadas. Una crónica publicada por el decimista José Samuel  Aguilera refiere que el propietario de la casa alquilada, cito: “…con voz melosa puso a mi disposición “su humilde morada” (parece albur, pero así nos dijo). Esa noche supe que, junto con su mujer, ronca el desgraciado y además que dormir en un neumático, como nos hizo dormir, es muy bueno para desmadrarse la columna. De cualquier manera, agradecí la gentiliza de Diegolópez, me acordé de la progenitora del IVEC y al descubrir a eso de las cinco de la mañana, que dormíamos cerca de un pesebre, rodeados de un sonoro coro de chivos, borregos, gallinas y caballos, compadecí al niño Jesús, le menté la madre a los tres reyes magos y comprendí  porqué Benitojuares escapó de Ixtlán rumbo a Oaxaca con la insana intención de convertirse en diputado y recortar todo tipo de presupuesto cultural[7]”.


A pesar de las incomodidades padecidas durante la fiesta, los soneros asisten puntualmente a la cita anual en Tlacotalpan. Dos impulsos básicos parecen guiarlos: el apego a la tradición, a la que se rinde tributo por medio del reconocimiento a los viejos maestros del Son y la constatación de que el movimiento jaranero no sólo persiste, sino que se fortalece y diversifica cada año. Los jaraneros acuden a encontrar o reencontrar a los maestros de la tradición, quienes suelen recibir con asombrosa modestia las reiteradas muestras de respeto que les brindan sus discípulos; acuden también a conocer las primicias de las propuestas desarrolladas por los diversos grupos asistentes.


De tales impulsos han surgido cuando menos dos demandas de la comunidad jaranera: una, que el reconocimiento a los viejos maestros no se limite a la entrega de una medalla, sino que se establezcan las condiciones que les permitan vivir su vejez en paz y con dignidad; otra, que el talento y la creatividad de los grupos de Son jarocho reciba la atención pública y los espacios de desarrollo que su talento amerita.


En ocasiones, la percepción de que  el apoyo brindado al Son Jarocho resulta insuficiente se traduce en propuestas directas  de organización. En 2006, Germán Dehesa efectuó una de las más rotundas:”...el encuentro de jaraneros. Es una delicia y un bien para la comunidad. Por esto mismo, es lastimoso que año con año este encuentro no tenga el mínimo presupuesto que requiere. Sé que el gobierno pondrá una parte (que podría ser un poco más generosa) que no alcanza. Aquí hay una magnífica oportunidad para que la ciudadanía y el gobierno colaboren. Yo me aviento el tiro de ponerme con mi cuerno y de crear un patronato que trabaje en coordinación con el gobierno y alivie y garantice la perduración de este luminoso y vivo son mexicano. ¿Quién dijo yo?, porque yo ya dije[8]”.


Según opinan muchos, la razón le corresponde a los Jaraneros. En los últimos años se ha incrementado el gasto público destinado a la difusión de espectáculos en la Fiesta de la Candelaria. Lamentablemente, dichos recursos no se orientan a difundir el son vivo y luminoso al que se refiere Dehesa, sino a presentar a intérpretes comerciales de pésima calidad.


El día primero de febrero se lleva a cabo el denominado “Embalse de toros”. Si la Cabalgata produce en los jaraneros un gesto de leve desdén, la acometida a los toros efectuada por la muchedumbre recibe la condena unánime de los asistentes al Encuentro. El rechazo manifestado resulta comprensible. Luego de ser sumergidos en las aguas de Río Tlacotalpan, un grupo toros de engorda es arriado hacía la ribera. Exhaustos, atemorizados, los animales tratan de escapar entre el gentío. Entonces son agredidos por la  muchedumbre, que les tuerce la cola y los agrede de muchas otras formas. Esta tortura cobarde ha sido impugnada por amplios sectores de la sociedad, no sólo de Veracruz, sino de toda la república. Sorprendentemente, se sigue efectuando. Álvaro Alcántara describe así su experiencia del embalse: “El pueblo respiraba alegremente y la pamplonada mantenía el interés de todos. Mientras que los niños anunciaban en sus camisas leyendas como ¡No maltrate al toro!, sus mayores —algo alegres-,  se mostraban decididos a torturar a un pobre buey cansado que no entendía nada de nada y solo esperaba el menor descuido para tirarse a descansar. Yo tampoco entiendo lo que pasa, pero eso no importa mucho: la tradición es la tradición, sin embargo, a veces, resulta excesivamente pesada como si hubiera una obligación por  seguir haciendo las cosas por inercia, de  seguir impulsando, algo que hace tiempo dejo de funcionar”[9].


El día dos de febrero, a las cinco de la mañana, los jaraneros disuelven los varios fandangos en los que ha derivado el Encuentro de Jaraneros de Plaza Doña Martha y se encaminan al templo  para llevarle las mañanitas la Virgen de la Candelaria. Tal vez sea este el momento en el que la Fiesta de la Candelaria y el Encuentro se hermanan de manera más clara. El sincero fervor manifestado por muchos de los jaraneros y el evidente respeto guardado por sus acompañantes, forman parte, me parece, del apego general a la tradición que el Movimiento Jaranero enarbola como una de sus características fundamentales, que incluye, además de la fe compartida con los ancianos, el respeto a la estructura del fandango como espacio de expansión ritual altamente codificado y la veneración hacia los jaraneros viejos, sus instrumentos, sus versos y sus sones. A pesar de que la visita al templo contiene mucho de fe verdadera, no deja de ser, sin embargo, una actividad moderna. Al respecto escribe Antonio García de León: “Actualmente, a diferencia del siglo XIX, la mayor parte de los asistentes y los que participan en un fandango se saben insertos en el folclor y lo practican conscientemente, y esa es la diferencia básica, lo que nos separa irremediablemente de la “antigüedad[10]


El día dos por la tarde, se efectúa el Paseo de la Virgen por el Río. Muchos jaraneros siguen a la procesión que lleva a la Candelaria del templo al muelle. La ruidosa multitud apenas permite escuchar la música de jaranas. Además de los músicos jarochos acompañan a la Virgen grupos de mariachi, bandas de marcha, etcétera. Álvaro Alcántara lamenta en un escrito del año 2000 que, puestos a elegir, los organizadores del Paseo hayan dado preferencia a los mariachis, antes que a los jaraneros, al decidir qué grupo musical tendría el honor de tocar junto a la Virgen durante el paseo. Y reflexiona: “Los viejos soneros siguen vivos para fortuna nuestra. No estaría de más darles el lugar que se merecen. Quizás así dejemos de escuchar que en la "cuna del son jarocho", una voz parta el bullicio repitiendo incesante ¡primero los mariachis! ¡Primero los mariachis! ¿Y los viejos, nuestros viejos soneros, cuándo?[11]


Permítanme concluir en este punto. A pesar de sus divergencias, o quizás precisamente por ellas, la Fiesta de la Candelaria continúa ganando adeptos cada año. Todavía, allá por las navidades nos escuchamos decir: “Nos vemos en Tlacotalpan, para la Candelaria”. Muchas gracias.




[1] Gilberto Gutiérrez Silva. “Una década de son jarocho”. Horizonte. No. 1. Marzo de 1991. p.
[2]
[3] Leonardo Amador, en el  Foro Yahoo del Son Jarocho.
[4] Alfredo Delgado Calderón. “Semblanza histórica del son jarocho”. Son del Sur. No. 8. Febrero de 2000. p.32.
[5] Ricardo Pérez Mónfort. Testimonios del son jarocho y del fandango… op.cit.

[6] Rafael Figueroa Hernández. op.cit.
[7] José Samuel Aguilera Vázquez, “La Entrada” Foro Yahoo del Son Jarocho. Febrero de 2007.

[8] Germán Dehesa. “La Gaceta del Ángel. Vine a Tlacotalpan”. Reforma. 18 de enero de 2006.
[9] Álvaro Alcántara. “Viajando entre los recuerdos”. Son del Sur. No. 8. Febrero de 2000. p.48.

[10] Antonio García de León. Fandango. El ritual del mundo jarocho a través de los siglos. Programa del Desarrollo Cultural de Sotavento. 2006. p.55

[11]  Álvaro Alcántara. “Viajando entre los recuerdos”. Son del Sur. No. 8. Febrero de 2000. p.50.

La fiesta de la Candelaria y los jaraneros (Primera parte)


(Leído en el Aula Magna José Vasconcelos del Centro Nacional de las Artes, el viernes 25 de enero de 2013, en el marco del Encuentro de Son jarocho. Homenaje a la Virgen de la Candelaria, organizado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes).

La fiesta de la Candelaria y los jaraneros (Primera parte)
por Óscar Hernández Beltrán.

Agradezco profundamente al Centro Nacional de las Artes y a Eduardo Lizalde su amable invitación a participar en este Foro. En un artículo publicado  en la revista Proceso, Gabriel García Márquez narraba el azoro de un editor europeo ante la audacia de las autoridades de una importante ciudad colombiana, quienes habían emprendido  la construcción de un monumental centro de convenciones sin contar con la más mínima infraestructura en materia de telecomunicaciones, hospedaje y otros servicios que les permitieran operarlo adecuadamente. Finalizaba su artículo el célebre escritor colombiano recordando que antes de abordar el avión que lo regresaría a su tierra el editor le habría dicho, ante tanta desmesura, (cito de memoria): “Usted no es un novelista, sino un simple notario de la realidad”.

Aquel artículo vino a mi mente apenas me puse a pensar en la Fiesta de la Candelaria para escribir este texto. Cada año Tlacotalpan recibe, en promedio, más de cincuenta mil visitantes diarios durante la fiesta. Muchos de ellos, que acuden de pueblos o ciudades vecinos, sólo permanecen durante algunas horas. Muchos otros, que aspiran a permanecer durante toda la fiesta, batallan inútilmente por ocupar alguna de las poco más de doscientas camas de hotel con que cuenta la Ciudad, por comer en cualquiera de los restaurantes abarrotados, por utilizar el único cajero automático disponible o por comprar una botella de agua potable. Lo asombroso es que dicha situación se presenta desde hace varios años y a nadie parece importarle. Cada año, allá por las navidades, nos descubrimos diciendo “nos vemos en la Fiesta de la Candelaria, en el Encuentro de Jaraneros”.

Bien mirado el asunto, la apoteosis de esta fiesta no es una cuestión tan vieja. Durante mucho años la reina de la ferias del rumbo fue la que se lleva a cabo en el Santuario de Otatitlán, donde se venera al Cristo Negro[1]. A ella acudían fervorosamente grandes peregrinaciones de indígenas popolucas, además de mestizos de las zonas de los tuxtlas y  las altas montañas. La Fiesta de Tlacotalpan tenía un impacto micro regional a principios de la década de los sesenta, bastante alejado del auge que había tenido a principios del Siglo XX, cuando el comercio fluvial generaba una gran afluencia de personas.

Varios son los factores que explican el renacimiento de la Fiesta de la Candelaria a partir de la década de los setenta. Ricardo Pérez Mónfort cita tres:”… la apertura de vías de comunicación, la puesta en marcha de proyectos agroindustriales que van marcando el desarrollo económico y el paulatino abandono del aislamiento regional”[2]. Un ejemplo claro de lo anterior sería la construcción del puente sobre el río Papaloapan a la altura de Tlacotalpan, realizada en el año de 1972.

Apenas dos años más tarde, en 1974, se inauguraría la Casa de la Cultura “Agustín Lara”. Este centro cultural resultó ser el espacio detonador de otro de los factores que explican el resurgimiento de la fiesta de La Candelaria: El Encuentro de Jaraneros (más tarde, “de jaraneros y decimistas”)  que cada año concita la presencia entusiasta de cientos de músicos, poetas, bailadores y seguidores del son jarocho, para quienes Tlacotalpan es la meca, la cita anual ineludible con una tradición que, como todas, es dinámica y cambiante; desconcertante para todos, pero especialmente para quienes se empeñan en mantenerla fija e inamovible.

Lo curioso del Encuentro de Jaraneros es que, a final de cuentas, es impermeable a la Fiesta de la Candelaria y que, de no ser por el vago fervor por la Virgen que manifiesta parte de los asistentes al Encuentro, el contacto entre ambas actividades sería prácticamente inexistente. Lo anterior no significa que el Encuentro podría efectuarse en cualquier otra época del año. Para cualquiera queda claro que la concentración anual de Jaraneros requiere del bullicio y las apreturas de la Fiesta para ser lo que es, y que ésta perdería muchos de sus elementos más vistosos si súbitamente se viera desprovista de la presencia contumaz de los jaraneros, sus seguidores y sus exégetas.

En las líneas que siguen me propongo hacer una descripción de los elementos que constituyen a la Fiesta de la Candelaria, así como de la forma en la que viven dichos elementos los protagonistas del Encuentro de Jaraneros. Creo que esta descripción permitirá advertir que ante las Fiesta de Candelaria y el Encuentro de Jaraneros estamos ante el clásico ejemplo de un matrimonio mal avenido, pero inseparable o, como dirían los teóricos, ante un ejemplo curioso  de aculturación material a ritmo de Son jarocho.

Después de los actos litúrgicos de rigor, el primer acto característico de la Fiesta es la cabalgata. Es muy vistosa, pues consiste en un paseo a caballo efectuado por parejas ataviadas con traje jarocho de gala. Un blog de promoción turística la describe así: “Más de 600 personas desfilan por la calle principal con sus mejores vestiduras: sombrero de cuatro pedradas, guayabera blanca, pañuelo rojo y botas de tacón tipo sevillano para los hombres; blancos vestidos de organdí y encaje, de tres olanes, delantal negro de terciopelo bordado, pañuelo a la espalda, abanico, peineta y flores en el cabello, [para las mujeres]”[3].

En este punto ocurre la primera desavenencia entre las partes: resulta que para la mayoría de los asiduos al Encuentro, la indumentaria de quienes ellos denominan “jarochos de blanco” es una rémora de la folclorización del Son; un tributo a la estilización de la vestimenta de los jarochos efectuada desde el poder y la industria del entretenimiento, especialmente durante el alemanismo, con fines aviesos de capitalización, tanto política como monetaria. Se trata, remarcan, del traje utilizado por los ballets folclóricos. Al respecto, Rafael Figueroa Hernández recuerda en su breve Historia del Son Jarocho que “El Ballet de Amalia Hernández contribuyó muchísimo a la difusión internacional del son jarocho, pero a cambió de un proceso de estereotipación que para muchos significaría el estrangulamiento de la tradición jarocha”[4].

El hecho evidente es que los participantes en el Encuentro de Jaraneros evitan utilizar el traje de gala. Juan Meléndez lo expresa con claridad: “A diferencia del ballet folklórico –dice- que abandona la vestimenta tradicional de manta para vestirse de hacendados o terratenientes, el movimiento busca formas más sencillas y apegadas a la tradición ¡Por eso la mezclilla y las faldas de colores![5]”. Sobre la vestimenta adoptada por las mujeres fandangueras como parte del movimiento jaranero,  Jessica Gottfried advierte lo que denomina “una tendencia o moda de cierto impacto en el medio fandanguero”. Dice al respecto: “Las prendas para este vestuario esencialmente se componen de una enagua llamada punta, porque la punta u orilla es tejida con gancho; una blusa tejida con gancho y una falda de cualquier tipo encima de la enagua o punta. La blusa puede ser entera o con los hombros a gancho y el resto de la tela, con mangas o sin mangas, o con diseños que se van desarrollando conforme las tejedoras tienen éxito con sus propuestas de diseño. Las faldas son de una enorme variedad de tipos y suelen usarse encima de la punta o enagua.[6]”.  Todo esto significa que quienes acuden a la Fiesta tienen la oportunidad de contemplar cuando menos dos tipos de indumentaria jarocha: la  estilizada, que se utiliza principalmente  durante la cabalgata y la portada por los participantes en el Encuentro, surgida durante las últimas décadas.

No obstante, la Cabalgata es uno de los principales atractivos de la Fiesta. Germán Dehesa, quien se manifestó siempre partidario y promotor del Encuentro de Jaraneros, describió la cabalgata en los siguientes términos: “Cuando en Tlacotalpan comienza la fiesta de La Candelaria, la ceremonia inaugural es precisamente La Cabalgata. Los niños, las muchachas, los hombres de la región sueñan todo el año con ese desfile ecuestre que, de algún modo, los hace visibles y reales. Desde las impávidas y casi analgésicas ciudades, cuesta trabajo imaginar lo que aquí significa tener un caballo y cabalgarlo de modo que el mundo, al ser visto desde otra altura, adquiera una dimensión nueva y poseíble”[7].

Debe mencionarse en este punto que mientras la cabalgata transcurre, la mayoría de los asistentes al Encuentro de Jaraneros se reúne en la Casa de la Cultura para conocer las novedades editoriales en torno al Son Jarocho. Se trata de una actividad bastante estimulante, en la que músicos, estudiosos y difusores presentan, a lo largo de los tres días de fiesta, libros, revistas, discos, videos, páginas web, etcétera,  recientemente publicados. Varios de los discos que ahora se consideran como los nuevos clásicos del Son Jarocho se han presentado por primera vez en ese espacio, al igual que muchos estudios relevantes sobre el tema. Quienes desean participar en el Foro de Presentaciones Editoriales, que así se denomina oficialmente ese espacio, se inscriben previamente en una página Web administrada por los propios jaraneros.            

También el primer día de fiesta, que es el 31 de enero, inicia el Encuentro de Jaraneros en Plaza Doña Martha. A partir de las cinco de la tarde desfilan, de manera alterna, grupos de jaraneros y decimistas previamente inscritos, quienes participan con acuerdo a un orden decidido por el Comité Organizador. A decir verdad, la magnitud y representatividad de dicho Comité suele variar año con año. En varias ediciones el Comité se ha reducido a la pura persona de Diego López, el infatigable y ubicuo anfitrión del Encuentro. En otras, ha contado con la participación de figuras reconocidas del movimiento jaranero. En todo caso, un acuerdo tácito establece que a los grupos afamados les corresponde actuar en la hora estelar, allá por las ocho de la noche, cuando la transmisión radiofónica del Encuentro se efectúa en vivo.

“Por el Fandango tlacotalpeño  -escribió Ricardo Pérez Mónfort en 1992- desfilan toda clase de personajes. Viejos septuagenarios con jaranas oscuras y manchadas, gordas mujeres listas para el zapateado, jóvenes que al cambio de voz ya están cantando un jarabe, borrachos que menean sus cuerpos sobre la tarima pretendiendo a muchachas vestidas de jarochas, decimeros, arpistas, violinistas, escritores, ganaderos, campesinos, policías, amas de casa, artesanos, garnacheras, estudiosos, vagos… y tantos otros.[8]” Para darnos una idea de la diversidad de propuestas que se presentan en el Encuentro acudamos, nuevamente, al testimonio de Germán Dehesa: “Anoche -refiere-  estuve en la Plaza de Doña Martha con los jaraneros. Un decimero recitaba: "Mujer, yo te tengo amor/ hazme caso, no seas gacha/ yo quisiera ser frijol/ y embarrarme en tu garnacha" y recibía jubilosa ovación del público que reconocía en esos versos la clara influencia de Goethe. Hacia la media noche se presentó "Son de Madera" el más importante e innovador grupo de jaraneros que ha aparecido por aquí en las últimas décadas. Al frente (y a los lados) de este grupo está un hombre joven llamado Ramón Gutiérrez que es el más prodigioso tañedor de jarana que yo haya conocido[9]”. Desde luego, no todos los jaraneros que suben al Foro del Encuentro son tan virtuosos como Ramón Gutiérrez, ni todos los decimistas tan ocurrentes como el citado por Germán Dehesa. También participan en el Encuentro grandes poetas populares, cuyos versos se fijan en la memoria de todos los asistentes. Como olvidar, por ejemplo, la recia figura de Don Guillermo Cházaro Lagos parado a la mitad de foro recitando vigorosamente aquello de: Si en verso le he de cantar/soy un pájaro cantor:/l jarocho trovador/ que sabe sufrir y amar./Nunca he sabido llorar,/y a cada son más se crece/y trovando me amanece/a la flor que baña el río/enlazándola: amor mío,/que tardecito anochece.

Pérez Mónfort anota que el primer encuentro fue más bien un Concurso de Jaraneros que se llevó a cabo en el año de 1978 y que “desde entonces ha acompañado a los festejos de la Candelaria con mayor o menor brío[10]”. Recuerda que “Existen varias versiones sobre el origen de estos encuentros. Salvador «El Negro «Ojeda –afirma- se atribuye la idea original de hacerlos en Tlacotalpan, lo mismo que el cronista de esa ciudad Humberto Aguirre Tinoco y el productor inicial de las transmisiones radiofónicas de tales encuentros, Teodoro Villegas. Tengo para mí –dice Pérez Mónfort- que lo importante no es a quién se le ocurrió hacerlo por primera vez, sino que se mantuvo la organización de  dichos encuentros a lo largo de más de quince años consecutivos. Y ello se debió a ninguno de los tres arriba citados sino al tesón y la constancia de Graciela Ramírez y Felipe Oropeza, ambos miembros del equipo de producción de Radio Educación[11]”.




[1] Los interesados en el tema pueden consultar: Santuario y región. Imágenes del Cristo Negro de Otatitlán. José Velasco Toro (Coord.). Universidad Veracruzana. 1995. 630 pp.
[2] Ricardo Pérez Mónfort. Testimonios del son jarocho y del fandango: Apuntes y reflexiones sobre el resurgimiento de una tradición regional hacia finales del siglo XX. CIESAS/UNAM.

[3] http://www.visitingmexico.com.mx/blog/feria-de-la-candelaria-tlacotalpan.htm.
[4] Rafael Figueroa Hernández. Historia del Son jarocho. ttp://www.tlaco.com.mx/cultura/pdf/SonJarocho.pdf
[5] Juan Meléndez de la Cruz. Una tradición viva. artículo en línea.
[6] Jessica Gottfried. “Tejedoras de moda en los fandangos actuales. Tejidos de redes entre pueblos y ciudades” en Las artesanías mexicanas, en Memoria del III Coloquio Nacional de Arte Popular. Consejo Veracruzano de Arte Popular. 2009. p.

[7] Germán Dehesa “La Cabalgata” en Gaceta del Ángel. Reforma. 2 de febrero de 2001.
[8] Ricardo Pérez Mónfort. Tlacotalpan, la Virgen de la Candelaria y los sones. FCE. 1992. p.57.
[9] Germán Dehesa “Un son que canta en el río III” en Gaceta del Ángel. Reforma. 3 de febrero de 2005.
[10] Ricardo Pérez Mónfort. Testimonios del son jarocho y del fandango… op.cit.
[11] ibíd.