domingo, 3 de noviembre de 2019

Silvia González de León

(Texto leído durante la ceremonia de presentación del libro Silvia González de León, efectuada en la Fototeca de Veracruz, el 7 de octubre de 2019).



Silvia González de León
por Óscar Hernández Beltrán.


Estamos acostumbrados  a concebir la experiencia fotográfica como la captura de un instante y a los fotógrafos como  los sempiternos aspirantes a eternizar, por la sagacidad, la fuerza y el virtuosismo de su mirada, el momento conquistado. Esta costumbre parece tener su fundamento en lo que Johnathon  Crary(1) ha descrito como la narración lineal de la progresión técnica, que lleva de la cámara obscura a la fotografía, ante la cual Crary opuso un nuevo paradigma  que nos hace pensar la fotografía en el contexto del perspectivismo occidental, el cual significó "una ruptura teórica a principios del Siglo XIX, que entrañó un viraje de la óptica geométrica a la teoría fisiológica de la visión”(2). En todo caso, cabe afirmar que el recurso fundamental del denominado perspectivismo occidental, que nos hace ver el apresamiento del instante como una construcción estética, es el obturador del lente, su velocidad, su capacidad para permitir, o no, el paso de la luz.
            Ante las imágenes del libro Silvia González de León, editado por la Secretaría de Cultura en su gozosa colección “Círculo de Arte”, el espectador debe renunciar forzosamente al perspectivismo; entre otras razones, porque la cámara estenopeica que ella utiliza no contiene lente alguno. Dicha circunstancia tiene consecuencias no tan evidentes, que  el poeta Francisco Segovia detectó con enorme sutileza en el texto que prologa al libro que ahora nos ocupa: las imágenes de Silvia González de León no refieren un instante, sino muchos; son el resultado de  una exposición más o menos prolongada ante la luz, lo que le permite componer figuras diversas en las que las cosas y ella misma se desdoblan, se conjuntan o se dispersan. Las fotografías de Silvia no son entonces la crónica de un instante (como quería Salvador Elizondo) sino la acumulación de varios momentos del pasado, que construyen una narrativa no lineal, con frecuencia sorprendente, que mucho tiene de onírica y surreal; de fantasmagórica. El asunto no es menor: situada en la antípodas del pictoralismo, de la fotografía hecha pintura, del hiperrealismo y la impresión digital de alta definición, la producción de imágenes estenopeicas se presenta como un discurso alternativo, artesanal, accesible y económico, que dinamita el paradigma de las nuevas tecnologías y obliga a espectador a poner a prueba las convicciones comúnmente compartidas. Se trata, sobre todo, de un ejemplo de libertad análogo a El salto, la célebre imagen de Ives Klein, de 1960, pero sin trucos, por la simple y sencilla razón de que las cámaras estenopeicas no los toleran.
            Para quien esto escribe, y para todos aquellos que tuvimos la oportunidad de testimoniarlo, el libro de Silvia González de León no es, en lo que hace a su propuesta visual, sino la ratificación y el desarrollo de un momento fundamental del devenir de las artes plásticas en Veracruz: el periodo aquél en que, bajo la mirada atenta y siempre alegre de Carlos Jurado, los artistas visuales intentaron remontar los costos desbastadores de las tecnologías importadas, supliéndolas con una mezcla equilibrada de investigación técnica, ingenio y mucha creatividad. El intento arrojó varios resultados alentadores, otorgó algunos prestigios de orden nacional y propició el surgimiento de instituciones académicas relevantes, entre las que destaca la licenciatura en fotografía de la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana, de reconocida solvencia.
            Como todos sabemos, luego de su paso por la Universidad Veracruzana (de la que, en muchos sentidos, aún no ha salido) Carlos Jurado recaló en el IVEC, entonces en sus primeros años, en donde encontró en Silvia González de León a una discípula atenta, disciplinada y talentosa, que se convirtió en su guía constante por los laberintos de todo tipo que entonces tenía, y todavía tiene, el augusto edificio de Canal y Zaragoza. De la colaboración entre ambos se recuerdan ahora diversas exposiciones, una publicación artesanal actualmente inencontrable y varios carteles venturosos. Flor de ese árbol es también el libro que hoy presentamos.
            En lo personal, me complace enormemente ver a Silvia convertida en esta obra en una especie de Cindy Sherman mexicana, igualmente libre y creativa, plenamente expuesta al objetivo de su cámara, pero sin la frivolidad y el falso glamour de la célebre fotógrafa estadounidense; antes bien y por el contrario, aportando con frecuencia un cierto grado de dramatismo en la mirada que, precisamente por ese logrado nivel de sensibilidad, interroga directamente al espectador. Es en este punto en el que la teoría reivindicada por Johnathon Crary, que cité al principio, y la fotografía de Silvia González de León se cruzan, ya que el papel de receptor lineal, mecánico, al que parece quedar condenado el espectador de imágenes fotográficas, especialmente en esta época de selfies y videos captados por millones de teléfonos celulares, encuentra en la mirada  fisiológica compuesta por los autores del primer romanticismo alemán y sus contemporáneos, la opción de localizar, a partir de su libertad de espíritu y su capacidad creativa, las respuestas que esas miradas interrogantes nos plantean. Celebremos juntos el nuevo libro de Silvia González de León, que significa una oportunidad de libertad y contento. Felicidades.
(1)Jonathan Crary, Las técnicas del observador, visión y modernidad en el Siglo XIX. Centro de Documentación y Estudios Avanzados del Arte Contemporáneo (CENDEAC). Región de Murcia. Fundación Caja Murcia. 2008. 223 pp.

(2)Lynn Cazabon. “Fotografía” en Diccionario de teoría crítica y estudios culturales. Michael Payne (comp.). Paidós. Buenos Aires. 2002.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Mono Blanco y el Son Jarocho

(Texto incluido en el programa de mano del concierto conmemorativo de los cuarenta años de Mono Blanco, efectuado en el Palacio de Bellas Artes el lunes 30 de octubre de 2017).

Mono Blanco y el Son Jarocho
por Óscar Hernández Beltrán
I
El Son Jarocho es una manifestación cultural compleja. Su interpretación cabal supone la concurrencia de, cuando menos, tres habilidades: la ejecución de instrumentos musicales, el baile zapateado en una tarima y la expresión cantada de una lírica tradicional. A finales de la década de los años setenta del siglo pasado la difusión del Son jarocho se había empobrecido notablemente: del enorme repertorio de sones se remachaba incesantemente apenas media docena; las coreografías tradicionales habían sido sustituidas por otras, de falso brillo, y la extensa lírica tradicional se reducía a la entonación de un puñado de versos, falazmente ingeniosos. La aparición de Mono Blanco transformó radicalmente esa situación.
                La operación ejecutada por Mono Blanco para poner de cabeza la situación arriba descrita resulta, en retrospectiva, inverosímilmente sencilla: el grupo tornó a las fuentes originarias del Son Jarocho y, con las insólitas prendas de la humildad y la sorpresa, repuso, en fandangos, presentaciones y grabaciones ahora legendarios, el repertorio, la ejecución y, sobre todo, el espíritu de convivencia que rige al Son; sus formas estar en el mundo. Gracias a su inteligente actitud de respeto hacia los portadores de la cultura tradicional jarocha y sus costumbres, Mono Blanco consiguió insertar la música tradicional del Sotavento en las cadenas alternas del consumo cultural mexicano e incitar la participación de jóvenes universitarios y público general en lo que pronto se denominaría “movimiento jaranero”.
                Como todos los fenómenos sociales relevantes, el movimiento jaranero tiene orígenes imprecisos y varios padres putativos. Nadie niega, no obstante, que Mono Blanco fue un factor determinante en la constitución de la ahora irrefrenable propensión a estudiar, practicar y difundir el Son jarocho,  tendencia que se observa no sólo en la región del Sotavento, sino en numerosos estados de la República, los Estados Unidos y varios países de Sudamérica y Europa.
                Sin duda, la explicación fundamental del éxito del Son Jarocho y Mono Blanco entre los jóvenes debe buscarse en sus virtudes intrínsecas, es decir, en sus ritmos cadenciosos, su taconeo incitante y sus versos, sabios y antiguos. Otro factor, igualmente importante para cualquier esclarecimiento, es su capacidad de generar convivencia y solidaridad, de construir comunidades ciertas y duraderas en un mundo caracterizado precisamente por la apariencia y la fugacidad.

II
                La trayectoria del grupo Mono Blanco comprende, a la fecha, tres etapas principales: la primera, una inmersión en los sones tradicionales y la versada antigua, fue el resultado de su búsqueda en los saberes musicales del Veracruz profundo. De esta primera época data la participación en el grupo de Arcadio Hidalgo, músico tradicional del Sur de la entidad que, con el tiempo, se ha convertido en el paradigma del jaranero campesino, poseedor de un saber literario adquirido en la tradición oral (una versada), de un estilo personal de ejecutar el Son y  de una permanente disposición a compartir con los demás los tiempos gratos, y también los ingratos. Los fonogramas producidos por el grupo en ese primer tramo señalaron definitivamente los senderos por los que habrían de transitar muchos de los grupos de Son surgidos en las sucesivas fases del movimiento.
                La segunda etapa posee un carácter experimental. Consiste en la fusión del Son jarocho con otras músicas del mundo, destacadamente la del caribe africano. Al llegar a ese punto, el grupo había recorrido ya toda la república mexicana (gracias a los afortunados programas culturales de la Secretaría de Educación Pública de entonces) y muchas ciudades del extranjero. El contacto con creadores de diversas partes permitió a Mono Blanco incorporar nuevas sonoridades a los sones jarochos tradicionales. La publicación del disco Al primer canto del gallo, en 1989,  supuso la integración de la modernidad en el Son, sin que ello significara un pastiche. En ese disco, el Son lograba mantenerse en primer plano, a pesar de la presencia de exóticas dotaciones instrumentales y novedosas estructuras rítmicas y armónicas.
                A esta segunda etapa corresponde también el álbum Mono Blanco y Stone Lips, de 1997, resultado de una prolongada estancia del grupo en San Francisco, California. A su carácter experimental y de fusión,  el disco agrega un elemento adicional: la inclusión de sones de nuevo cuño, compuestos por Gilberto Gutiérrez, director del grupo. Varios de esos sones alcanzarían un alto nivel de popularidad y significan, acaso, la época de mayor cercanía del grupo con las industrias culturales. Reproducidos tanto en los ámbitos alternos como en los comerciales, sones como El Chuchumbé y El Mundo se va a acabar, parecían conducir directamente a Mono Blanco al corazón de la industria del espectáculo. No obstante, y sorpresivamente para muchos, el grupo decidió volver a sus raíces, dando pie al que es, hasta ahora, su tercer ciclo.
                 La tercera etapa del grupo tiene en Orquesta Jarocha, grabación de 2013, su estandarte insignia. El disco significa un retorno al Son jarocho tradicional, sólo que ahora ejecutado con un dominio pleno de los recursos y los instrumentos. De hecho, la idea central de Orquesta Jarocha es incluir en la misma grabación prácticamente toda la dotación instrumental del género, sin distinguir regiones, evidenciando así la prodigiosa creatividad de los lauderos del Sotavento. El retorno de Mono Blanco a la música tradicional hizo regresar también su apego a la tradición de los fandangos, fiesta jarocha por excelencia, así como su  vocación de investigadores y difusores de la música de sotavento.

III
                A lo largo de sus cuarenta años, Mono Blanco ha visto pasar por sus filas una cantidad considerable de músicos jóvenes, cuyo visible talento redituó con creces el empeño puesto en su formación por los fundadores del grupo. Algunos de ellos se han separado para constituir nuevos conjuntos, de enorme calidad y prestigio en el ambiente del Son. Tal es el caso, por ejemplo, de Ramón Gutiérrez, fundador de Son de Madera y de Patricio Hidalgo, quien actualmente dirige el proyecto Afrojarocho.  Todos ellos, junto con muchos otros músicos, cantadores, bailadoras,  gestores culturales, editores, etcétera, han consolidado un movimiento cultural único en México por su hondura, profundidad y  dimensiones.
                En su trayectoria, Mono Blanco ha visitado países como Alemania, Australia, Bélgica, Brasil, Canadá, Corea del Norte, Cuba, China, El Salvador, España, Estados Unidos, Francia, India, Inglaterra, Japón, Marruecos, Portugal, Sudáfrica, Suiza y Venezuela.  En esas naciones se ha presentado con frecuencia en  festivales y escenarios de gran prestigio. Su arribo al Palacio de Bellas Artes podría entenderse como el reconocimiento a una institución musical capaz de entablar diálogos interculturales productivos con públicos de  todos los continentes como resultado de su afán por compartir, siempre y en todos lados,  las formas que los jarochos tienen de divertirse.
                Cuando llegue la hora de evaluar los aportes del movimiento jaranero a la sobrevivencia de la cultura mexicana en los tiempos de homogenización, desaliento y confusión que nos ha tocado vivir, el nombre de Mono Blanco  saldrá a relucir antes que todos. No obstante, muchos seremos quienes, antes que colgar medallas, simplemente recordaremos los momentos de gran deleite que su música nos ha obsequiado. En ese momento, los nombres de Gilberto Gutiérrez, Andrés Vega, Octavio Vega, Gisela Farías, Juan Campechano e Iván Farías, irrumpirán en nuestra memoria con la claridad, fuerza y armonía con las que rompe la jarana cuando se declara el Son.


domingo, 4 de diciembre de 2016

Monumento a Salvador Díaz Mirón en Veracruz: imaginario colectivo y discurso oficial.

(Texto presentado en el curso "Arte y Espacio Público" de la Universidad de Chile)

Monumento a Salvador Diaz Mirón en Veracruz: imaginario colectivo  y discurso oficial.
por Óscar Hernández Beltrán

Si bien es cierto que algunos monumentos públicos son percibidos por los habitantes de las ciudades  como lugares  de veneración impuesta por el discurso del poder, también lo es que, en ocasiones, las estatuas de los hombres ilustres son adoptadas por la población como espacios de cercanía y cohesión social; como monumentos que producen una gran empatía y escenarios de prácticas que generan identidad y se convierten en rituales que, tal vez, no están nunca cabalmente estructurados, pero terminan por convertirse en tradiciones populares locales.
                Tal es el caso en mi Ciudad, Veracruz, México, con la estatua del poeta Salvador Díaz Mirón. Pocas cosas sirven para explicar la notable popularidad de don Salvador entre la gente de Veracruz: su poesía es refinada y clasicista; sus convicciones políticas fueron profundamente reaccionarias. No obstante, el pueblo conoce y repite sus versos, sus poemas aparecen en todas las antologías disponibles de gran circulación y no hay reunión familiar y social sin que un espontáneo recite alguno de sus poemas que, en efecto, son reconocidos por la crítica mexicana e hispanoamericana como grandes aportes a la literatura nacional.
                Una de las más extensas avenidas de Veracruz lleva su nombre. En el año de 1955, en una glorieta construida sobre dicha vía, fue colocada una estatua del poeta, obra del escultor de renombre nacional, Juan F. Olaguibel. La obra presenta al poeta, imponente, con la mano izquierda en el pecho y alzando el brazo derecho, con el dedo índice apuntando hacia el horizonte.        
                Pronto, la glorieta se transformó en un lugar de tertulias peculiares, ya que devino en un espacio en el que los juerguistas nocturnos se reunían para terminar su parranda. La glorieta amanecía con frecuencia luciendo botellas de licor vacías alrededor del monumento y, en una ocasión que todos en la ciudad recuerdan, la estatua apareció modificada, ya que alguna mano anónima había atado una cuerda del dedo índice del poeta, al final de la cual pendía un enorme yo-yo de madera. Los periódicos locales escandalizaron con el hecho. La gente, en la calle, lo celebró sin tapujos.
               En fechas recientes, el idilio entre la sociedad veracruzana y el monumento a Don Salvador Díaz Mirón fue interrumpido por el gobierno de la ciudad. En 2009, con el pretexto de mejorar la vialidad de la avenida, el monumento a Don Salvador Díaz Mirón fue reubicado. La glorieta que lo albergaba fue destruida, junto con un conjunto escultórico que decoraba su base. La estatua fue confinada al camellón de la avenida, con lo que la posibilidad de que grupos de personas pudieran reunirse a su alrededor fue también cancelada. De nada sirvieron las protestas populares ya que las cámaras de comercio de la Ciudad, interesadas en facilitar el tráfico vehicular hacia los establecimientos turísticos ubicados en el Centro Histórico, apoyaron la medida.
                Otro signo ominoso ocurrió cuando la estatua fue pintada de color rojizo por instrucciones de la autoridad municipal, como una manera de congraciarse con el gobernante estatal en turno, cuyo partido se identifica con ese color. Las protestas no se hicieron esperar y la pintura sobrepuesta al bronce fue retirada.
                Estamos, sin duda, ante un caso en el que el autoritarismo local contraviene la percepción popular de un lugar e impone su visión desarrollista, sin mayor respeto hacia las expectativas de la población que habita la Ciudad que gobierna y a la que debería servir. Mala señal para una sociedad como la mexicana, que ha demostrado, de manera constante, su deseo de construir una convivencia democrática.

domingo, 25 de septiembre de 2016

La vida parisiense, de Enrique Gómez Carrillo

(Texto de la cápsula cultural difundida el jueves 15 de septiembre el programa Itaca, producido por Radio y Televisión de Veracruz y el Instituto Veracruzano de la Cultura).

La vida parisiense, de Enrique Gómez Carrillo[1].
por Óscar Hernández Beltrán

La fama póstuma del escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo resulta, cuando menos, paradójica. Hace décadas fue catalogado como un escritor frívolo, cuyas preocupaciones poco o nada tenían que ver con la realidad de nuestro subcontinente. No obstante, su obra reaparece siempre que se trata de integrar bibliotecas consagratorias de la mejor escritura hispanoamericana. Tal sucedió cuando el Ministerio de Asuntos Exteriores de España incluyó las Tres novelas inmorales en el catálogo de su cuidadosa “Biblioteca Literaria Iberoamericana y Filipina” y, asimismo, cuando el gobierno venezolano incorporó el libro de crónicas La vida parisiense en la muy prestigiosa “Biblioteca Ayacucho”. Puede afirmarse que ambas ediciones no hicieron sino reconocer la estupenda calidad literaria del extravagante personaje que fue Gómez Carrillo y otorgar a su obra el sitio que, con justicia, debe ocupar entre nuestros autores clásicos.
            La vida parisiense, es una compilación de crónicas publicadas en diarios sudamericanos durante los últimos años del siglo XIX, enviadas desde París por Gómez Carrillo, quien había llegado a la ciudad luz como miembro del cuerpo diplomático guatemalteco, lo que le brindó la oportunidad de sumergirse en la intensa vida de la que entonces era la capital cultural del mundo.
            Lo mismo la vida literaria que los espectáculos teatrales, los salones de pintura que las discusiones científicas y filosóficas e incluso la moda y la gastronomía, todos los aspectos del paisaje cultural de la época fueron transmitidos a los lectores hispanoamericanos por este cronista infatigable, poseedor de un carisma capaz de abrirle todas las puertas, introducirlo en todos los cenáculos y agenciarle la amistad de los grandes de la época. Tal habilidad le permitió, por ejemplo, entrevistar a los protagonistas literarios de entonces, como Alphonse Daudet, J.K. Huysmans, August Strindberg o Catulle Mendès, quienes lo recibieron en sus respectivos estudios y le confiaron sus proyectos literarios. Con tales confidencias Gómez Carrillo elaboró sabrosas crónicas que aún en nuestros días se leen con sumo agrado.
            Sumamente inquieto y prolífico, Gómez Carrillo recorrió, además de Europa, diversos países de África y de Asia, de los que supo dar noticia puntual en miles de crónicas, mismas que, sumadas a su labor como reportero en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial, y a su escasa pero interesante producción narrativa y poética, constituyen una obra de más de cincuenta títulos, la mayoría de ellos lamentablemente olvidados. Los lectores interesados en familiarizarse con Enrique Gómez Carrillo pueden leer en línea las crónicas reunidas en La vida parisiense, gracias a la generosidad de la  Biblioteca Digital Ayacucho, magno proyecto de difusión virtual de nuestras literaturas.



[1] Enrique Gómez Carrillo. La vida parisiense. Venezuela. Fundación Biblioteca Ayacucho. Colección “La Expresión Americana”. 1993. 182 pp. http://www.bibliotecayacucho.gob.ve/fba/index.php?id=97&backPID=103&begin_at=160&tt_products=258

sábado, 18 de junio de 2016

Don Casmurro, de Joaquim María Machado de Asís

(Transmitida en el programa de televisión Itaca, del Instituto Veracruzano de la Cultura, el jueves 16 de junio de 2016, a través de Radio Televisión de Veracruz)

Don Casmurro, de Joaquim María Machado de Asis[1]
por Óscar Hernández Beltrán.

Tal vez uno de los rasgos más sobresalientes de los padres fundadores de las literaturas del mundo es su sorprendente capacidad de significar, al mismo tiempo, lo antiguo y lo moderno. Tal ocurre, por ejemplo, con Don Miguel de Cervantes Saavedra, quien funge simultáneamente como el progenitor de la novela castellana y como un ejemplo sin par de la modernidad narrativa. Tal sucede también con Don Joaquim María Machado de Asis, reconocido como el padre fundador de la novela brasileña y, al mismo tiempo y sin desmedro alguno, como un novelista adelantado a su época, autor de una obra caracterizada tanto por sus audacias formales, como por el perfil definitivamente contemporáneo de sus preocupaciones.
            Don Casmurro, una de las obras señeras del escritor nacido en Río de Janeiro, permanecía incomprensiblemente inédita en castellano hasta que, recientemente, fue vertida de manera estupenda a nuestra lengua por Antelma Cisneros, como parte de un proyecto de traducciones de literatura carioca, impulsado de manera conjunta por la UNAM y la embajada de Brasil en México. Se trata de una novela magnífica, que divierte al lector por su ironía sistemática, su carácter juguetón y su manejo caprichoso del hilo narrativo, a pesar de referir una historia que, bien mirada, podría significar un drama familiar de grandes consecuencias.
            Sucede, sin embargo que, a la manera del Flaubert de Madame Bovary, Machado de Asis no comparte para nada la personalidad de sufriente reservado de su protagonista, que precisamente por dicha particularidad es conocido como Don Casmurro, palabra con la que en Brasil se identifica a los introvertidos. Distante de los sufrimientos de su personaje, el novelista aprovecha su alejamiento para dibujar un hábil y entretenido retrato de las clases pudientes del Brasil de su época, en transición entre el feudalismo agrario esclavista y la modernidad entonces emergente en aquel país.
            Lo más interesante para el lector contemporáneo de Don Casmurro no es tanto la mirada crítica de la sociedad de la época contenida en la novela sino, acaso, el desparpajo narrativo de su narrador-protagonista que, de manera casi jocosa, apela constantemente al lector, altera la linealidad del relato y lo obliga a recordar, sin recato alguno, pasajes anteriores de la misma novela.
            Obra maestra de un autor imperdible, Don Casmurro puede ser localizada por los lectores en la página web de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, junto con las demás obras traducidas en el marco del Programa antes mencionado.




[1] Joaquim María Machado de Asis. Don Casmurro. UNAM. Facultad de Filosofía y Letras. Colección Cátedras. Nota y agradecimientos de Walkiria Wey. Prólogo de Luis Roncari. Traducción y notas de Antelma Cisneros. 2012. xix + 187 pp.

domingo, 17 de abril de 2016

La Locura de Carlota de Habsburgo, de Victoriano Salado Álvarez.

(Texto difundido como cápsula en el programa Ítaca, producido por el Instituto Veracruzano de la Cultura y Radio y Televisión de Veracruz, el viernes 15 de abril de 2016).

La locura de Carlota de Habsburgo, de Victoriano Salado Álvarez.
por Óscar Hernández Beltrán.

Victoriano Salado Álvarez, escritor nacido en Jalisco que destacó como periodista, académico y diplomático, publicó en los primeros años del Siglo XX un conjunto de novelas históricas que ahora se conoce como Episodios Nacionales Mexicanos. El Fondo de Cultura Económica editó hace diez años, en su colección Centzontle un volumen que contiene los capítulos de dicha obra en los que Salado Álvarez  narra el inicio de la locura de Carlota de Habsburgo y la reacción de Maximiliano ante el trágico suceso.
            Se trata de un pequeño volumen, sumamente atractivo y pleno de ingredientes con valor literario, tales como una narradora inteligente y discreta, una gran riqueza lexical (como era de esperarse de un autor que durante muchos años presidió la Academia Mexicana de la Lengua) y, sobre todo, un argumento que, aunque conocido, no deja nunca de despertar el interés de los lectores.
            Con habilidad, Salado Álvarez refiere el progresivo deterioro de las facultades mentales de la Archiduquesa durante su periplo europeo y hace sentir a los lectores que la demencia de Carlota se agudiza ante el impacto que le producen sus infructuosas entrevistas con el Emperador Francés Napoleón II y el Papa Pio IX. Sin dejar de lamentar el sufrimiento de la protagonista, el novelista se ubica con toda claridad entre el grupo de quienes consideran que tal martirio no fue sino un ecuánime castigo a la vanidad y la ambición desmedidas, aunque justo es reconocer también que el autor presenta a Carlota como un ser inteligente y astuto durante sus periodos de lucidez.
            Para los lectores veracruzanos el libro contiene un atractivo adicional, ya que una buena parte del relato se desarrolla en el Puerto de Veracruz y en Orizaba. Sabido es que en el año de 1865 Maximiliano partió hacia Veracruz, donde lo esperaban dos fragatas austriacas, ya que había considerado la posibilidad de abdicar al imperio mexicano para reunirse con su esposa enferma. Indeciso ante la disyuntiva de intentar preservar su imperio a pesar del abandono del gobierno francés o de renunciar definitivamente a la aventura mexicana, el archiduque hizo un alto en Orizaba en donde combinó reuniones de análisis político con incursiones botánicas por el territorio de las Altas Montañas, pues en el estudio de las variedades vegetales Maximiliano era algo más que un aficionado. En su relato, Victoriano Salado Álvarez recrea con acierto dichas incursiones y no ahorra adjetivos al describir la belleza del paisaje circundante. La decisión final de Maximiliano la conocemos todos, así como su cruento destino.
            Los lectores interesados en leer La locura de Carlota de Habsburgo pueden descargar el volumen gratuitamente, de la página electrónica del Fondo de Cultura Económica, la benemérita institución editorial mexicana que, con frecuencia, nos alegra y llena de orgullo.         

[1] Victoriano Salado Álvarez. La locura de Carlota de Habsburgo. Fondo de Cultura Económica. Colección Centzontle. 2005. 112 pp. http://www.fondodeculturaeconomica.com/Librerias/Lectura/

domingo, 10 de abril de 2016

Ante el centenario de Neftalí Beltrán

(Texto publicado en el periódico mural del Instituto Veracruzano de la Cultura, correspondiente al mes de abril de 2016).


Ante el centenario de Neftalí Beltrán
por Óscar Hernández Beltrán.

El próximo 16 de mayo se cumplirá el primer centenario del nacimiento del poeta alvaradeño Neftalí Beltrán. Don Neftalí se dio a conocer en el grupo Taller (1938-1941) junto a Octavio Paz,  Efraín Huerta y Alberto Quintero Álvarez.  Además de poesía, escribió para el teatro, la radio y el cine. Se desempeñó como diplomático en embajadas de México en Brasil, Portugal, Holanda, Polonia e Italia.
                Su obra fue breve. A los veinte años publicó su primer libro, titulado Veintiún Poemas y, en 1949, la edición definitiva de su libro más reconocido: Soledad enemiga. En el año de 1966 el Fondo de Cultura Económica publicó la primera edición de su Poesía Completa. Para el crítico José Luis Martínez, Neftalí Beltrán escribía “…esa poesía que nace de los momentos en que se está sólo, de noche, pensando en la muerte” y considera que poemas como Dondequiera que voy  y Ya no veré la luz son “de los más emocionantes y personales de su tiempo”.

                A mediados de la década de los noventa, luego de jubilarse del servicio exterior, Don Neftalí regresó a México y se instaló en el Puerto de Veracruz. En el año de 1995 fue beneficiario del Programa Estímulos a Creadores en la categoría de creadores con trayectoria, con el proyecto “Diez Décimas”. Falleció en 1996. Un año más tarde, el Instituto Veracruzano de la Cultura editó la segunda y definitiva edición de su obra poética, con el título Poesía (1936-1966). En el texto liminar de dicha publicación, Ángel José Fernández escribió: “Al jubilarse del servicio exterior, regresó al país; tornó a radicarse primero en la Capital, luego en Veracruz, donde vivió como siempre, alejado de todos; volvió a visitar Alvarado, su tierra natal: allí recogió su tiempo, la añorada felicidad de la infancia, irrepetible, inigualable, frente a la laguna y entre la gente sencilla de su pueblo.” Recordemos en su centenario a Don Neftalí, a quien Octavio Paz calificó como uno de los mejores poetas de su generación.