domingo, 3 de noviembre de 2019

Silvia González de León

(Texto leído durante la ceremonia de presentación del libro Silvia González de León, efectuada en la Fototeca de Veracruz, el 7 de octubre de 2019).



Silvia González de León
por Óscar Hernández Beltrán.


Estamos acostumbrados  a concebir la experiencia fotográfica como la captura de un instante y a los fotógrafos como  los sempiternos aspirantes a eternizar, por la sagacidad, la fuerza y el virtuosismo de su mirada, el momento conquistado. Esta costumbre parece tener su fundamento en lo que Johnathon  Crary(1) ha descrito como la narración lineal de la progresión técnica, que lleva de la cámara obscura a la fotografía, ante la cual Crary opuso un nuevo paradigma  que nos hace pensar la fotografía en el contexto del perspectivismo occidental, el cual significó "una ruptura teórica a principios del Siglo XIX, que entrañó un viraje de la óptica geométrica a la teoría fisiológica de la visión”(2). En todo caso, cabe afirmar que el recurso fundamental del denominado perspectivismo occidental, que nos hace ver el apresamiento del instante como una construcción estética, es el obturador del lente, su velocidad, su capacidad para permitir, o no, el paso de la luz.
            Ante las imágenes del libro Silvia González de León, editado por la Secretaría de Cultura en su gozosa colección “Círculo de Arte”, el espectador debe renunciar forzosamente al perspectivismo; entre otras razones, porque la cámara estenopeica que ella utiliza no contiene lente alguno. Dicha circunstancia tiene consecuencias no tan evidentes, que  el poeta Francisco Segovia detectó con enorme sutileza en el texto que prologa al libro que ahora nos ocupa: las imágenes de Silvia González de León no refieren un instante, sino muchos; son el resultado de  una exposición más o menos prolongada ante la luz, lo que le permite componer figuras diversas en las que las cosas y ella misma se desdoblan, se conjuntan o se dispersan. Las fotografías de Silvia no son entonces la crónica de un instante (como quería Salvador Elizondo) sino la acumulación de varios momentos del pasado, que construyen una narrativa no lineal, con frecuencia sorprendente, que mucho tiene de onírica y surreal; de fantasmagórica. El asunto no es menor: situada en la antípodas del pictoralismo, de la fotografía hecha pintura, del hiperrealismo y la impresión digital de alta definición, la producción de imágenes estenopeicas se presenta como un discurso alternativo, artesanal, accesible y económico, que dinamita el paradigma de las nuevas tecnologías y obliga a espectador a poner a prueba las convicciones comúnmente compartidas. Se trata, sobre todo, de un ejemplo de libertad análogo a El salto, la célebre imagen de Ives Klein, de 1960, pero sin trucos, por la simple y sencilla razón de que las cámaras estenopeicas no los toleran.
            Para quien esto escribe, y para todos aquellos que tuvimos la oportunidad de testimoniarlo, el libro de Silvia González de León no es, en lo que hace a su propuesta visual, sino la ratificación y el desarrollo de un momento fundamental del devenir de las artes plásticas en Veracruz: el periodo aquél en que, bajo la mirada atenta y siempre alegre de Carlos Jurado, los artistas visuales intentaron remontar los costos desbastadores de las tecnologías importadas, supliéndolas con una mezcla equilibrada de investigación técnica, ingenio y mucha creatividad. El intento arrojó varios resultados alentadores, otorgó algunos prestigios de orden nacional y propició el surgimiento de instituciones académicas relevantes, entre las que destaca la licenciatura en fotografía de la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana, de reconocida solvencia.
            Como todos sabemos, luego de su paso por la Universidad Veracruzana (de la que, en muchos sentidos, aún no ha salido) Carlos Jurado recaló en el IVEC, entonces en sus primeros años, en donde encontró en Silvia González de León a una discípula atenta, disciplinada y talentosa, que se convirtió en su guía constante por los laberintos de todo tipo que entonces tenía, y todavía tiene, el augusto edificio de Canal y Zaragoza. De la colaboración entre ambos se recuerdan ahora diversas exposiciones, una publicación artesanal actualmente inencontrable y varios carteles venturosos. Flor de ese árbol es también el libro que hoy presentamos.
            En lo personal, me complace enormemente ver a Silvia convertida en esta obra en una especie de Cindy Sherman mexicana, igualmente libre y creativa, plenamente expuesta al objetivo de su cámara, pero sin la frivolidad y el falso glamour de la célebre fotógrafa estadounidense; antes bien y por el contrario, aportando con frecuencia un cierto grado de dramatismo en la mirada que, precisamente por ese logrado nivel de sensibilidad, interroga directamente al espectador. Es en este punto en el que la teoría reivindicada por Johnathon Crary, que cité al principio, y la fotografía de Silvia González de León se cruzan, ya que el papel de receptor lineal, mecánico, al que parece quedar condenado el espectador de imágenes fotográficas, especialmente en esta época de selfies y videos captados por millones de teléfonos celulares, encuentra en la mirada  fisiológica compuesta por los autores del primer romanticismo alemán y sus contemporáneos, la opción de localizar, a partir de su libertad de espíritu y su capacidad creativa, las respuestas que esas miradas interrogantes nos plantean. Celebremos juntos el nuevo libro de Silvia González de León, que significa una oportunidad de libertad y contento. Felicidades.
(1)Jonathan Crary, Las técnicas del observador, visión y modernidad en el Siglo XIX. Centro de Documentación y Estudios Avanzados del Arte Contemporáneo (CENDEAC). Región de Murcia. Fundación Caja Murcia. 2008. 223 pp.

(2)Lynn Cazabon. “Fotografía” en Diccionario de teoría crítica y estudios culturales. Michael Payne (comp.). Paidós. Buenos Aires. 2002.

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